Introducción:
Hay cosas que decimos con palabras. Hay cosas que mostramos con imágenes. Hay cosas que expresamos con un gesto, un objeto, un número, un sueño, una elección o incluso con aquello que se repite una y otra vez en nuestra experiencia. Todo eso puede comunicar.
La Comunicación Simbólica parte de una pregunta sencilla: ¿Qué sentido adquiere aquello que aparece en nuestra experiencia cuando nos detenemos a interpretarlo?
No se trata de buscar un significado universal para cada símbolo. Se trata de explorar cómo se construye la significación y qué sucede cuando aquello que percibimos comienza a entrar en relación con otros signos, imágenes, palabras, recuerdos, relatos y experiencias. En ese recorrido, la comunicación se vuelve también un espacio de descubrimiento.
Un Símbolo no es solamente lo que vemos
En Comunicación, un signo es algo que está en lugar de otra cosa y que puede producir significado.
Una palabra, por ejemplo, no es aquello que nombra. La palabra “cisne” está formada por sonidos y letras. Ese aspecto perceptible puede pensarse como su significante. Aquello que ese significante nos permite reconocer y comprender constituye el significado. Pero la comunicación no termina allí, porque cuando alguien dice “cisne”, no necesariamente estamos recibiendo exactamente el mismo mensaje.
Podemos pensar en un cisne como un ave. Ese sería un nivel más cercano a la denotación: aquello que el signo presenta de manera directa. Pero también podemos encontrar otras significaciones: belleza, elegancia, transformación, blancura, vínculo, cuento, metamorfosis, etc. Esas posibilidades pertenecen al terreno de la connotación.
El signo entonces puede abrir una puerta y detrás de esa puerta aparecen otros signos.
Del Significado al Sentido
Una de las diferencias más interesantes entre significado y sentido es que el significado puede encontrarse en un sistema compartido. El sentido, en cambio, emerge dentro de una situación concreta.
La palabra “casa” tiene un significado que podemos compartir. Pero el sentido de una casa puede ser muy diferente para quien está construyendo su primera vivienda, para quien acaba de mudarse, para quien dejó la casa de su infancia o para quien está intentando encontrar un lugar propio.
El signo es el mismo. La significación cambia. Y con la significación puede cambiar el sentido. Por eso, en Comunicación Simbólica no preguntamos únicamente: ¿Qué significa este símbolo?, también preguntamos: ¿Qué está significando para vos?.
La comunicación también puede ser un juego
Hay algo profundamente lúdico en este proceso.
Podemos tomar un signo y jugar con él.
¿Qué pasa si dejamos de mirarlo como aquello que conocemos y lo miramos desde otro lugar?
¿Qué forma tiene?
¿Qué nos recuerda?
¿A qué se parece?
¿Qué historia podría contar?
¿Qué ocurriría si cambiáramos una palabra por una imagen?
¿Qué sucede si una imagen se convierte en un personaje?
No estamos intentando encontrar rápidamente una respuesta correcta. Estamos abriendo posibilidades de significación. Y muchas veces una pregunta aparentemente sencilla puede producir un desplazamiento inesperado.
Un ejemplo: cuando el número 2 se convierte en Cisne
Hace poco, una persona me contó una sincronicidad que se le presentaba repetidamente con el número 2.
En lugar de comenzar preguntándonos qué significa el número 2, hicimos algo diferente:
Si el 2 fuera un dibujo en lugar de un número, ¿qué sería?
La respuesta fue inmediata:
“Esa ave tan linda que es como un pato, pero no es un pato.”
Después de pensarlo un poco:
“Un cisne.”
Y entonces apareció una imagen todavía más interesante:
“Es como si viniera de ser el patito feo.”
En apenas unos pasos, un número había dejado de ser solamente un número.
2 → forma → ave → cisne → patito feo → transformación.
El significante inicial era un número.
La exploración produjo nuevas imágenes.
Las imágenes abrieron nuevas significaciones.
Y esas significaciones comenzaron a formar un relato.
Ahí aparece algo esencial de la Comunicación Simbólica: no le dijimos a la persona qué significaba el número 2.
La acompañamos a explorar qué podía significar para ella. Y fue ella misma quien encontró las palabras, las imágenes y las relaciones que le permitieron construir un sentido.
El signo no está aislado
La Semiología y la Semiótica nos enseñaron a mirar la comunicación más allá de las palabras y a comprender que los signos adquieren significado dentro de sistemas y relaciones.
Un signo remite a otros signos.
Una imagen puede llevarnos a una palabra.
Una palabra puede llevarnos a una escena.
Una escena puede abrir un relato.
Un relato puede modificar la manera en que comprendemos aquello que lo originó.
Por eso podemos trabajar simbólicamente con elementos muy diferentes: números, nombres, colores, objetos, animales, sueños, personajes, acontecimientos, palabras, imágenes, vínculos y situaciones.
No porque exista un diccionario secreto donde cada elemento tenga una respuesta predeterminada, sino porque todo aquello que comunica puede ser interpretado.
Interpretar también es comunicarnos
Estamos participando de un proceso de significación. Cuando interpretamos, no estamos simplemente descubriendo algo que estaba escondido detrás de un signo:
Percibimos algo.
Lo nombramos.
Lo describimos.
Lo relacionamos con otros signos.
Lo ubicamos dentro de una historia.
Lo volvemos a mirar.
Y, muchas veces, descubrimos que aquello que parecía pequeño o insignificante estaba conectado con una trama mucho más amplia. Por eso la Comunicación Simbólica puede convertirse en una herramienta para encontrar sentido. No porque exista un único sentido esperando ser encontrado, sino porque podemos detenernos a observar cómo estamos construyendo significado.
Conclusión
La Comunicación Simbólica propone explorar los signos, símbolos y arquetipos como formas de expresión y de construcción de significado. Su campo de trabajo está en la interpretación:
signo → significante → significado → significación → sentido.
Y en el movimiento que se produce entre ellos. A veces:
Un número puede convertirse en una imagen.
Una imagen puede convertirse en una historia.
Una historia puede revelar una pregunta.
Y una pregunta puede cambiar la manera en que estamos mirando aquello que vivimos.
Tal vez, después de todo, encontrar el sentido no consista en encontrar una respuesta escondida, sino en aprender a leer aquello que nos está comunicando algo.
